miércoles, 24 de diciembre de 2014

Invierno cromático. Parte 1: Vida gris.

Por León Cuevas. Dedicado a mi tía Pilar Pérez Cuevas.
Un día más bajo la monótona y decadente existencia proyectada en mí sombra, si les explico un poco el cómo era mi vida van a comprender por qué me rodeaba de tanta energía negativa. Mi familia era pequeña y de pocos recursos económicos, tampoco moríamos de hambre ni salíamos en las portadas de “Un Kilo de Ayuda” o demás campañas, pero sí teníamos varias limitaciones. Mi madre y yo trabajábamos, entre los dos sosteníamos los estudios de mi hermano menor, ninguno de los tres miembros comía mal. Sin embargo, a mis veintiún años, no había tenido la posibilidad económica de estudiar la carrera de Diseño Gráfico, ya que es una licenciatura que requiere mucho presupuesto y gasto en materiales. Entonces trabajaba en una preparatoria pública como capturador de datos, el nombre es solo la forma amable para designar al chacho de las secretarias amargadas y gordas que contagian desánimo hasta con un “hola”. En fin, una Navidad más se acercaba y todo era desesperante felicidad capitalista. Para mí ya daba igual esa fecha, aunque mi mamá hacía lo posible para los tres la pasáramos bien. Recién había llegado a mi trabajo y vi todos los adornos corrientes colgados, de nada servía aparentar espíritu navideño con las caras de pocos amigos que cargaban las secretarias. Comencé mi trabajo de siempre, capturar planificaciones, calificaciones y diversas listas de cientos de maestros mediocres que se tardaban en entregar las cosas de manera puntual para subirlo a la base de datos. Uno tenía que corretear para que entregaran sus oficios porque, aparte de todo, si no lo hacían, las secretarias se enojaban conmigo como si fuera el culpable. El día se hacía tedioso excepto cuando alguna alumna guapa era llamada a dirección o iba a preguntar sobre algún informe, ya me había hecho amigo de varias, de vez en cuando las invitaba a salir, me esperaban afuera de la prepa a que terminara mi turno, eso si no me detenían una hora más para subir más datos atrasados o hacer trabajos que no me correspondían. Mi hora de salida era justo a las cuatro de la tarde, pero si me encargaban trabajos extras de los que no podía repelar, llegaba a salir hasta las siete de la noche y sin siquiera probar un bocado de comida. ¿Ahora entienden por qué la amargura y la pesadumbre eran mis compañeras cotidianas? ¿cómo no querían que sintiera indiferencia ante las fechas festivas? Una Navidad más, una menos, ¿qué importa? Esa era la ruleta opaca de mi vida, la que no podía llenarse con ningún color, el color en estas épocas se compra con dinero y por eso los que batallan con él, deben aguantar una vida gris. Una tarde después de que me habían retenido hasta las cinco y media, caminaba hacia mi parada del camión, cuando en el aparador de la tienda de arte vi una hermosa caja de colores de madera profesionales. El precio, de casi mil pesos, era muy distante de mi bolsillo. Un elemento más para frustrarme en él día. Me acerqué al vidrio de la tienda y recargué mis manos como esos niños que esperan frente a los vidrios de las panaderías para que les avienten un bolillo. Me fui a casa, con el pensamiento clavado en esa hermosa caja. ¿Era mucho pedir? Lo único que hacía en mis pocos momentos libres era dibujar, solo tenía unos lápices profesionales que hace un año mi mamá me había regalado de cumpleaños con mucho esfuerzo, y ahora están por agotarse. No me arrepiento de haberles dado un buen uso, pero veo con sufrimiento como están por llegar a su fin. Si es difícil adquirir una caja de lápices profesionales, más complicado va a ser una de colores que contienen una gama extensa de hermosos tonos, eso sí podría colorear mi invierno crudo. Llegué a casa, mi familia ya había comido y mi mamá regresó a su segundo trabajo. Ella se ocupaba de intendente en una primaria por las mañanas y en las tardes como cajera de un mini súper. Mi hermano veía la tele, me acerqué a la mesa para calentar lo que me habían dejado de comida. Mientras consumía el alimento se escuchaban de fondo los especiales navideños que pasaban sin parar en la programación televisiva y de pronto comenzó el programa favorito de todos los niños en esos tiempos: Neutro Man, un súper héroe con disfraz verde y con poderes atómicos, nada novedoso, pero era el héroe de moda. Al terminar el programa se acercó Luís, mi hermano, se sentó conmigo en la mesa, había terminado de comer y estaba dibujando. Tenía un aspecto triste. -Quisiera el muñeco de Neutro Man como regalo de Santa Claus Armando –dijo recargado sobre la mesa. -No eres el único que desea algo que no puede tener –le dije de una manera fría. -Eres malo, Armando –me dijo con expresión de mala sorpresa y lo puse a hacer la tarea. Durante la semana, fue otra rutina más hacia el trabajo y de regreso a casa, lo único bueno es que era ya la última jornada para ir a vacaciones de Navidad. Por su puesto, cómo era un empleado sin licenciatura no gozaba de aguinaldo ni otras prestaciones, así que tenía que conformarme con recibir un sueldo mínimo, muy bajo. Siempre veía en el camino aquella hermosa caja de colores y me ponía triste al no poder tenerla, imaginaba las maravillas que podía hacer con esos materiales. Pero ni modo, nacen personas con suerte y otras no. Llegaron las vacaciones y con ellas el día veinticuatro de diciembre, la Noche Buena. Caminaba en dirección a casa cuando a cinco cuadras vi un café, solicitaban empleado urgente para las diez de la noche. Pensé de pronto en que podía tomar ese trabajo y juntar para comprarme mi regalo de Navidad, esa caja de colores. Me quedé parado frente al anuncio de solicitud, de pronto me vino a la mente una idea más caritativa: juntar para comprarle el muñeco de Neutro Man a Luís, pero dejé de pensar tanto y fui corriendo a casa porque la temperatura bajaba y no iba muy bien abrigado. Eran las ocho de la noche y nos reunimos a cenar, mi mamá logró comprar algo de espagueti y volovanes rellenos de pavo, no tendríamos una celebración tan ostentosa como todas las demás familias, pero la cena estaba deliciosa. Platicábamos los tres bastante a gusto hasta que mi hermano menor tuvo que arruinarlo al hablar sobre Neutro Man y preguntó a mi mamá que si Santa Claus le traería un muñeco de ese súper héroe. Mi madre me volteó a ver un instante y en su mirada vi una expresión de tristeza, era de esperarse que no le había alcanzado para el muñeco. -Mira pequeño –le dijo –a veces Santa Claus no puede llegar a las casas de todos los niños, tiene tanto trabajo que no alcanza a dejar todos los encargos en una sola noche, por eso hay Navidades en las que te llegan regalos y Navidades en las que no. Pero ten fe, esta noche verás que puedes recibir una sorpresa bonita. La bondad de mi mamá es grande, pero a veces perjudica en lugar de ayudar, el imaginar la cara de desilusión de mi hermano al no ver nada bajo el árbol fue una fotografía muy cruel en mi mente. En ese momento paré de comer y me levanté de la mesa. -Voy a tomar un trabajo nocturno que ofrecen en un café a cinco cuadras mamá, estaré toda la noche trabajando, llego para la mañana del veinticinco – dije con tono enojado. -Armando no te vayas estamos conviviendo –mi mamá se levantó de la mesa e intentó detenerme, pero rápido me puse el abrigo, un juego de guantes, gorro y bufanda color naranjas y salí a solicitar el trabajo en el café, tomé un par de volovanes, los envolví en una servilleta para comer si me daba hambre. Estaba dispuesto a ganar algo para comprar el regalo de mi hermano en La Gran Juguetería que se ubicaba cerca del centro, la cual abrían toda la noche y madrugada. Salí corriendo dispuesto a traer de algún modo la Navidad a mi casa cuando regresara al amanecer. Aunque había cometido la atrocidad de abandonar a mi propia familia en la cena de Noche Buena sin más explicación que una oportunidad de trabajo nocturno.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

La hermandad de los caídos. Segunda parte. (Misantropía vampírica III)

La hermandad de los caídos parte II. León Cuevas
(Yo iba a morir en el temor divino, pero él quería la savia de mis venas, no sé vivir y sé que soy un ángel abandonado a su soberbia. Rita Guerrero) La luz de la luna llena alumbraba el interior del sitio en ruinas, los tres familiares arrojaron a Jonathan al piso, este aún pataleaba en el suelo pero al ver el entorno se paralizó de miedo. Todos sus vecinos, amigos, Ariadne y sus familiares, estaban ahí observándolo como una parvada de buitres hambrientos, todos teñidos de tono pálido. Entre ellos también había extraños seres vestidos de negro, algunos con aspecto humano y otros con aspecto monstruoso, pero todos eran blancos como la luna. De entre ellos salió un ser más grande de tamaño, vestía una túnica opaca estilo oriental que le cubría hasta media cabeza, a pesar de que le tapaba se notaba que la criatura era calva, sus rasgos eran humanos, incluso muy finos, colgaba de su cuello una estrella de David. Él era la silueta negra que Jonathan veía cada noche, parecía muy imponente, sin duda debía ser el más poderoso de todos los presentes. -Vampiros de La hermandad, gracias por acudir esta noche –dijo la criatura alzando los brazos, sus manos eran igual de gigantescas y sus dedos muy largos. Estaba parado justo frente al niño quien de milagro no se había desmayado. ¡Vampiros! ahora todo tenía sentido para Jonathan, estaba en medio de un nido de seres que veía en las películas de terror, solo que ahora eran reales. -Yo Marcel, he sido designado por la hermandad como el líder que llevará a cabo nuestro plan, en los últimos días hemos poblado esta pequeña ciudad llamada Pachuca, desde aquí comenzará nuestra conquista. Esta noche realizaremos la primera parte del propósito, convertir a todos y cada uno de los integrantes del lugar. Así como convertí a los habitantes de esta colonia yo mismo. Una vez que todos en esta insípida ciudad sean convertidos, ellos convertirán a la gente de las regiones y municipios vecinos. Así dentro de cinco días tendremos al menos diez entidades con toda la gente convertida, suficientes para formar un ejército con el que dominaremos al país y de ahí el mundo entero. Dejaremos esta ciudad como nuestra guarida principal –Marcel volvió a extender sus brazos, miró al cielo y dijo con voz fuerte -¡Preparémonos para dar inicio a la era del vampiro! –Tras lo dicho se oyeron las aclamaciones. Jonathan miraba con miedo pero con asombro a Marcel, era un impacto muy fuerte observar a todos los vampiros pero en especial a ese que medía dos metros y tenía aspecto no de un enfermo sino de la enfermedad misma, la que contagió a sus seres amados. Los vampiros que estaban más cerca de Marcel y que lo rodeaban se veían casi tan grandes como el, posiblemente serían los que tenían cargos poderosos en la llamada hermandad. Marcel bajó su mirada y vio a Jonathan, sus penetrantes ojos se clavaron en el chico como un par de cuchillos. -¡Este niño! –Dijo señalándolo– ¡Este niño lo he elegido para ser nuestro dirigente en el día! –Después de decir eso se agachó para decirle directo a él –a ti no te convertiré en vampiro, pero tu mente estará bajo mi control y mis órdenes, tu harás lo que yo te vaya diciendo en el momento necesario. Entre algunos deberes irás reclutando a más gente que me servirá. Ustedes raza inferior, serán nuestros sirvientes y cuidarán nuestras espaldas mientras nosotros dormimos en el día… -Marcel paró de golpe cuando asignaba la maligna misión. Alzó la mirada con expresión de alerta y le dijo a otro de los vampiros que vestía una sotana –¿Sientes eso? –El vampiro de la sotana afirmó y Marcel prosiguió –Son armas y filos de plata acercándose ¿Cómo es posible… En eso irrumpió en la escena un ejército de hombres que entraron de golpe, varios por la puerta y otros bajando con cuerdas por el techo. Balas y flechas de plata salieron disparadas al instante, desintegrando a varios vampiros que apenas se habían percatado del repentino ataque. Toda la tropa estaba vestida de cuero negro y sus bocas cubiertas con paliacates y bandas. Con razón Jonathan había visto a tres de ellos planeando algo esa mañana en la colonia de al lado. Una batalla campal se formó entre vampiros y caza vampiros, Jonathan observó a Marcel emprender vuelo, el gigante le lanzó una mirada y le dijo -después vendré por ti– y escapó volando. El chico de inmediato se levantó del suelo y corrió a esconderse, estaba justo en medio de la cruzada, veía a vampiros que se deshacían hasta ser polvo y a humanos que caían muertos, algunos otros vampiros intentaban escapar volando como lo hizo Marcel pero eran alcanzados por una bala o una fleca de plata. Antes de tener el mismo destino que alguno de los combatientes, él niño se dirigió hacia una esquina para esconderse entre escombros, en eso se topó con un hombre tirado que se desangraba, fue al único de los cazadores al que pudo verle el rostro. De inmediato el hombre sacó una daga y se la entregó –defiéndete niño –fueron sus últimas palabras. Jonathan la miró, era de plata y en el mango tenía grabadas unas letras que decían “La orden del viento”. Pronto Jonathan se pegó a la pared sujetando la daga por si algún vampiro lo atacaba, en ese instante vio entrando a una figura en medio de la beligerancia que corrió desde la puerta hasta el centro de la hacienda, era una silueta vestida con sudadera de capucha negra la cual le tapaba la cara. Parecía que nadie más se había percatado de su presencia pero dos vampiros se abalanzaron sobre él, sin embargo lanzó de sus mangas un par de filos de plata y desintegró a sus atacantes, de inmediato debajo de la sudadera sacó un aerosol y sin quitarse sus guantes pintó unas enormes letras, al terminar se esfumó al mismo tiempo de que el humo del aerosol se terminaba de disipar en el aire. En ese momento los hombres anunciaron retirada, ya no había rastros de ningún vampiro vivo, el suelo estaba tapizado de polvo blanco. Los cazadores se llevaron los cadáveres de sus compañeros y se retiraron, jamás notaron la presencia del niño que aún permanecía escondido. Una vez que ya todos se habían ido solo quedó el silencio absoluto, la luna llena era la única compañera de Jonathan quien se sentía más solo que nunca. Salió con cuidado de aquel cementerio blancuzco, había perdido todo, sus padres, su hermano, Ariadne. Todos habían muerto en vida para después ser aniquilados por armas de plata. Antes de salir el chico vio en la pared del centro las letras pintadas con aerosol por aquella enigmática figura encapuchada, era un mensaje con negro que decía “Lerion manda aquí”. Jonathan tenía solo dos pistas que podrían darle respuestas, La orden del viento grabado en su daga y el nombre Lerion. Después de esa fatídica noche Jonathan vivió con su abuelo en Jalapa, solamente él pudo creerle lo sucedido. Las investigaciones jamás pudieron descifrar que pasó y el caso fue nombrado como la misteriosa desaparición de las familias de El venado, tomando a Jonathan como un único testigo pero fuera de sus facultades mentales ya que solo dio testimonios absurdos sobre una despiadada batalla. Con el tiempo el caso se fue olvidando hasta quedar como leyenda urbana, pero Jonathan estuvo obsesionado toda su adolescencia con La orden del viento y con el nombre que vio pintado. Desde los dieciséis años se enfocó en solo buscar a la orden por todo el país, le costó hasta los dieciocho encontrarlos y con ellos encontrar todas las respuestas que arrastraba. Supo que habían cuatros grupos secretos dedicados a cazar vampiros y otros seres paranormales, La orden del fuego, La orden del viento, La orden del agua y La orden de la tierra, que La orden del viento se establecía en México y Estados Unidos. También supo que quien les dijo dónde encontrar a La hermandad fue un vampiro, supo también que mientras Marcel estuviera vivo La hermandad podría volver algún día. Jonathan quería ser el encargado de acabar con Marcel por venganza, pues el abominable ser le había quitado a su familia y destruido su infancia y juventud. Al chico le costó dos años para que lo aceptaran en la orden después de diversas y muy duras pruebas. Ahora a sus treinta años, Jonathan es un caza vampiros profesional y junto con La orden del viento buscan a Marcel para acabar de una vez por todas con el siniestro. El tiene claro también que si no encuentra a la enorme criatura, ésta lo encontrará primero, sus palabras aún las llevaba presentes “después vendré por ti”. Jonathan hasta la fecha regresa a Pachuca y sobre todo a la colonia de El venado, mira su antiguo hogar que es ahora una casa abandonada, sabe que la gente de la zona prefiere no mencionar nada sobre la insólita noche de los desaparecidos. En cada visita entra a la hacienda abandonada y mira esas letras pintadas, “Lerion manda aquí”. Por lógica supo que Lerion era aquel vampiro que dio la ubicación a la orden para que acabara con La hermandad, así de algún modo tenía que conocerlo. Tenía que verse cara a cara con aquel ser que traicionó a su propia especie, aquel anti héroe que en plena batalla llegó a marcar su territorio, aquel vampiro que sin planearlo le había salvado la vida.

lunes, 17 de noviembre de 2014

La hermandad de los caídos. Primera parte. (Misantropía vampírica III)

La hermandad de los caídos (primera parte) León Cuevas. (Aún recuerdo el momento en que todo ocurrió, un dolor y un lamento y mi vida terminó. Desde que sentí su aliento no vi más la luz del sol, juego a otro juego hoy. Victor García) Jonathan siempre tuvo miedo a esa hacienda abandonada que se encontraba a las orillas de El venado, la colonia donde habitaba, pero jamás le tuvo tanto miedo como esa noche en que la vida le dio otra oportunidad. Todo empezó con la desaparición de su hermano mayor. El solía ser DJ y mezclaba siempre en las fiestas nocturnas, Jonathan esperaba a que regresara mientras se desvelaba viendo series animadas. Para él era una placer desvelarse cada viernes y sábado viendo la tele en espera de su hermano, muchas veces aguantaba hasta las cuatro de la madrugada y salía a recibirlo con emoción a pesar de que su pequeño cuerpo de once años estuviera cansado. Una noche no llegó ni a las cuatro, ni al amanecer, sus padres lo buscaron todo el día y apenas al caer el sol para alivio del niño, los tres regresaron a casa. Sin embargo desde que los recibió lo ignoraron. Desde ahí eran cada vez más extrañas sus conductas, sus papás dejaron de llevarlo a la escuela y no iban a sus trabajos. Ni ellos ni su hermano se paraban en todo el día, en la noche se iban de la casa y regresaban a unos minutos antes del amanecer pero sin que él se percatara de como entraban, simplemente al salir el sol ya estaban de nuevo en sus camas. Un día entró de puntitas al cuarto de sus papás, vio que dormían cubriendo su cuerpo por completo con las cobijas, parecían un par de bultos que reposaban en un sueño profundo. El pequeño intentó abrir las persianas para ver si así se levantaban a prepararle el desayuno, si su mamá lo acompañara al parque o su papá jugaba con el video juegos, a ver si al menos lo vieran y le dijeran algo en vez de mantenerlo con tanta angustia. Sin embargo no pudo mover las persianas, al parecer estaban selladas, lo mismo pasaba en el cuarto de su hermano. A los dos días se percató de que no solo su familia salía de noche sino que la mayoría de los vecinos incluyendo a Ariadne la niña que le gustaba. Por esos mismos momentos de inmensa soledad comenzó a ver otras cosas más insólitas, una silueta enorme que se dirigía cada noche a la hacienda abandonada. Ese maldito lugar era tétrico desde que tenía memoria. Cuando era un poco más chico iba con Ariadne y sus otros amiguitos del vecindario ahí a contemplar aquellas ruinas, pero jamás entraban, Jonathan siempre inventaba que adentro estaba escondido un monstruo y que lo había visto. Más allá de esa fantasía infantil, tenía una corazonada de que en verdad un día de esas ruinas iba a salir algo. Ahora estaba comprobando que ese algo si era real y que era lo que podía tener embrujados a su familia, a sus amigos, vecinos y a Ariadne. Una mañana dando apenas las seis y ya cumplidos cinco días de que todo había empezado a ser extraño, Jonathan decidió irse solo a la escuela. Ya no soportaba la atmósfera de su casa y no se le ocurrió otro lugar al que pudiera irse, no tenía otros familiares que vivieran en Pachuca, su abuelo y tíos vivían en Jalapa, muchas veces intentó hablarles por teléfono pero las líneas de su hogar y teléfonos púbicos cercanos no funcionaban. Caminando hacia la escuela que se encontraba en la Colonia vecina del ISSTE, vio que nadie más estaba afuera, al parecer todas las familias de El venado dormían en el día, casi al llegar al final de la carretera, en donde terminaba el asentamiento, parecía que era otro mundo diferente. Había movimiento normal, carros, gente lavando banquetas, señores vendiendo tamales. Jonathan atravesó con cuidado la carretera para llegar a la colonia vecina y al hacerlo en un callejón oscuro volvió a ver otra cosa muy extraña; tres hombres vestidos con cuero negro, dos de ellos cubiertos de la cara con paliacates negros, y uno con casco de motociclista, parecían estar planeando algo sospechoso. Él chico se retiró de ahí lo más rápido posible antes de que lo llegaran a ver. En la escuela no podía concentrarse, tenía la imagen de los hombres en la cabeza al igual que la silueta enorme que veía cada noche. De regreso a casa su colonia seguía igual de estática que en la mañana, solo caminaban algunas pocas personas por las calles, los camiones cuando pasaban por ahí bajaban y subían a un individuo por mucho, el ambiente era casi el de un pueblo fantasma, solo una o dos tiendas abiertas con escasa clientela. Esa noche poco después de caer el sol, por fin los padres de Jonathan le hicieron caso, ya se acordaban de que tenían un hijo, pero para esto él chico ya había visto suficientes cosas para tener sospechas de sus propios progenitores, además de que su aspecto en esa ocasión era pálido y enfermizo. -Ven Jonathan, te llevaremos a jugar para compensar todos estos días que no lo hicimos –Dijo su padre que lo tomó de la mano. -Hemos estado algo enfermos y por eso hemos actuado de esa manera contigo –Dijo su madre con tono frío. El chico dejó que lo llevaran afuera de su casa esperando ver hacia donde se iban a dirigir, pero al ver que era hacia la hacienda abandonada soltó a su padre y se echó a correr, en eso su hermano lo sujetó. Entre los tres lo llevaron a fuerzas hasta la hacienda, el corazón del chico latía muy violento.

martes, 30 de septiembre de 2014

La cacería (Misantropía vampírica II)

La cacería (Misantropía vampírica II) León Cuevas
La cacería (Misantropía Vampírica II) León Cuevas El rehén estaba amarrado a la silla, dentro de una amplia bodega, lloraba por las torturas que le aplicaban Joaquín Ramos, alias El lagarto y Rodrigo Gonzáles, alias El rodi: principales integrantes del Cártel del Este, asociación delictiva de Tamaulipas que tenía varios integrantes operando en Hidalgo y El lagarto era quien los dirigía desde Pachuca. La puerta de la bodega se abrió de golpe y penetró una imponente figura; gordo y robusto, bigote grueso, con toda la vestimenta de un clásico narcotraficante y sin faltar su enorme sombrero ranchero. Era Everardo Elías Camacho, alias El comandante, quien entró a la escena rodeado de varios hombres armados que cubrían sus rostros con paliacates. El comandante era el líder principal del cártel y había venido una temporada a Pachuca por razones de negocios, al menos eso había dicho sin aclarar detalles. El lagarto, cuando recién llegó el jefe, había pasado de ser el dirigente de la zona a ser solo un integrante más y eso no le agradaba por completo. –Ahora si hijo de la chingada –dijo El comandante refiriéndose a su víctima –dime ¿Qué cártel es el que te envió a espiarnos? Pensabas que no nos íbamos a dar cuenta, pero aquí estás, sentado entre nosotros, sabiendo que si no hablas te arrojaremos en pedazos a la carretera. Sin embargo el espía del bando enemigo no hablaba, aun cuando derramaba mucha sangre por la golpiza y las cortadas en los brazos y la cara. El comandante no tuvo otra opción que tirarle un balazo en el pie. El hombre lloraba todavía más, pero seguía sin hablar y eso llegó al límite de la paciencia del líder, le disparó en el otro pie. Al seguir sin respuesta sacó una navaja y le dijo –si no vas a hablar no vas a necesitar tu lengua –de inmediato se la cortó y se retiró de la escena tras ordenarle al lagarto y al rodi que lo mataran. Eran la once de la noche, después de deshacerse del cuerpo, el par de narcotraficantes platicaban en una mesa tomando un par de cervezas en otra parte de la base. El lagarto quería llegar a la verdad de todo esto y sabía que El rodi se la diría, él era la mano derecha del comandante y venía acompañándolo desde Tamaulipas. –No entiendo rodi ¿Por qué El comandante ha venido si aquí estoy controlando todo a la perfección? Además en Tamaulipas hay más Cárteles tratando de apoderarse del campo de venta que aquí. –Eso es lo que me preocupa más lagarto, el motivo por el que ha venido. Está persiguiendo con una enorme obsesión a un enemigo desde el norte. –Ha de ser demasiado poderoso, puesto que El comandante es un narco muy temido en varios estados ¿Qué tipo de mafioso o dirigente persigue? –Ahí está el asunto, parece que no está buscando a alguien humano, está aferrado con cazar algo sobrenatural. –No me vengas con eso rodi. ¿Me vas a decir que crees en cosas de aparecidos y seres paranormales? –Yo no, pero El comandante si y lo que me preocupa es que esté perdiendo la cabeza por eso. Sabes, desde que murió su única hija, secuestrada por un cártel enemigo, cambió mucho. Siento que se vino para abajo y de un tiempo para acá, comenzó con esta idea de la cacería. Parece que la sombra de esa criatura lo tiene torturado día y noche, su objetivo principal es tenerla muerta y tal vez exhibir públicamente su cadáver como un trofeo, pero al mismo tiempo, ha descuidado al cártel y al negocio por esa idea absurda. – ¿Entonces por eso vino? Es ilógico –dijo El lagarto. –Lo sé, pero hazle entender al él. –Eso me hace perderle un poco de respeto y eso que para mí es un ejemplo a seguir. En ese momento llegaron dos sicarios avisándoles que los necesitaban para un movimiento. De inmediato tomaron sus armas y se dirigieron a la camioneta del comandante que estaba arrancando en el estacionamiento. Se subieron imaginando que iban tras algunos aliados del espía que acababan de descuartizar. El comandante iba sentado en el asiento del copiloto mientras su chofer conducía de manera desenfrenada, atrás, El lagarto, El rodi y otro hombre armado. El líder no decía nada, solo miraba fijo hacia el frente. La camioneta se dirigió a toda velocidad por El río de las avenidas hasta llegar al centro y de ahí al monumento del Reloj. Frenaron por un momento y El comandante señaló hacia una calle que subía, todo parecía que seguían a algún vehículo que iba a la misma velocidad que ellos. El chofer manejó en la dirección señalada hasta que dobló a la derecha y llegó a una calle desolada con edificios viejos, ahí se bajaron y el jefe los dirigió hacia un edificio abandonado. Tumbaron la podrida puerta de madera y penetraron esperando encontrar mercenarios que cazar, pero para sorpresa de todos menos del comandante, después de examinar el piso de abajo, notaron que el edificio parecía estar vacío, un silencio absoluto era lo único que los rodeaba. El lagarto se estaba percatando de que precisamente el líder del cártel estaba perdiendo la cabeza, mientras que El rodi ya estaba harto de lo mismo. Desde el norte lo traía de un lado a otro persiguiendo algo que jamás aparecía, el más que convencido de la locura de su jefe, ya planeaba aprovechar el momento perfecto para deshacerse de él y ocupar su puesto. Incluso desde su estancia en Pachuca le iba a proponer al lagarto unirse para matar al comandante y que ellos dos manejaran a la asociación delictiva con más fuerza y mejores estrategias. Pero todo cambió en un instante, del techo se deslizó una silueta negra que en segundos jaló a uno de ellos, los otros cuatro al momento, dispararon hacia arriba, no alcanzaron a ver bien quien o que era lo que acababa de llevarse a su colega por un agujero del techo y subieron de prisa al segundo piso. Este era más oscuro que el piso de abajo, apenas la luz de la luna alumbraba por algunos orificios de varias tablas de maderas que cubrían las ventanas. El lagarto estaba muy desconcertado y El rodi estaba pensando en que los planes iban a cambiar, ya que su jefe al parecer no estaba tan loco, de verdad podía estar buscando algo fuera de este mundo. En eso de entre las penumbras se aproximó la criatura que para nada estaba intimidada por la presencia de los mercenarios, al contrario, parecía haberlos esperado. Era un ser aproximadamente de uno ochenta de alto, vestido con traje elegante negro y una capa de estilo británica. Su rostro era tan blanco como la luna que alumbraba sobre el edificio, su cabello largo con tonos grises y sus ojos negros con el iris rojizo. En ese momento El rodi se dio cuenta de que El comandante había reunido a sus mejores asesinos para acabar con el enorme monstruo, los había llevado a la boca del lobo. Corrió hacia las escaleras para huir de ahí. Sin embargo el ente se abalanzó esquivando con facilidad las balas de los otros, El rodi no tuvo tiempo ni de gritar cuando en segundos la fiera le arrancó la cabeza y la lanzó hacia sus compañeros. De ahí le bastaron pocos instantes para terminar con el chofer de la camioneta y con El lagarto, dejando el asunto entre él y El comandante. –Ni si quiera mis mejores pistoleros pudieron contra ti Camudrio –dijo El comandante que aparentaba valentía, aunque por dentro, pese a la rabia que cargaba, se moría de miedo –no tienes idea cuanto te odio, eres el responsable de tanta infelicidad en mi vida. Desde que vi como mataste a mi hijita frente a mí y en mi propio patio, no he pensado en otra cosa más que en cobrar venganza. A nadie le conté que habías sido tu por vergüenza y tuve que mentir que los de Cartel del Oeste la habían secuestrado –El comandante tenía un tono de lamento mientras el vampiro se burlaba de él con una risa moderada. –Sabía que me seguirías hasta esta ciudad comandante, no tendría que buscarte si solito ibas a venir a mí, viejo amigo –dijo Camudrio con una voz ronca que parecía de ultratumba. –No me llames amigo, Camudrio, eres lo peor que ha pasado, he llegado a pensar que eres el mismo diablo en persona –respondió el narcotraficante. –Podría haberte matado desde hace mucho, pero en realidad te he permitido vivir porque me haz servido como carnada –le contestó el enorme vampiro entre risas. En ese momento se escuchó que algo cayó en el techo, en efecto había volado hasta aterrizar arriba de ellos. Camudrio miró hacia a lo alto, estaba esperando a un tercer invitado. –Usted espéreme aquí comandante, a mi amigo le gusta mucho la sangre de los maleantes y por eso has sido mi carnada perfecta, si alguien lo ha atraído no he sido yo, sino usted. –Momento Camudrio ¿un amigo tuyo, te refieres a que existen más como tú? –Por su puesto mi señor, somos muchos a decir verdad y estamos empezando a poblar La bella airosa, para comenzar a gobernar el mundo desde aquí, ésta pequeña ciudad nos da el panorama perfecto para que tomemos el control absoluto. Sólo que algunos necios no quieren entender a La hermandad. Regreso en unos instantes con usted – Las pisadas del techo parecían como si fueran de algún enorme felino que merodeaba arriba de ellos, Camudrio se escurrió por un agujero en la pared. El comandante de verdad se sentía muy confundido, no podía creer que había sido usado. Se empezaron a escuchar ruidos muy fuertes como si dos fieras pelearan de manera agresiva, el sonido creció y era cada vez más devastador, hasta que de pronto vino de nuevo el silencio aterrador. El comandante bajó rápido las escaleras para salir de ahí, pero fue demasiado tarde. En el piso de abajo lo esperaba una silueta delgada, de estatura más baja y que sostenía en sus brazos a Camudrio muerto. Se veía muy impactante como alguien con tamaño promedio sostenía con una mano a un cuerpo de más peso y medida, como si fuera un muñeco de trapo. –¿A dónde cree que va Comandante? –dijo con una voz serena. Cuando la luz de la luna lo alumbró se vio a alguien del mismo tono de piel que Camudrio, vestido con moda más actual; saco y pantalones de tonos pardos, sweater vino de rombos y lentes hipsters. En apariencia podría tratarse de algún humano, pero era todo lo contrario, se trataba de otro vampiro que representaba amenaza. Era extraño que ese individuo de apariencia humana se hubiera escuchado como un animal salvaje cuando caminaba en el techo del segundo piso. El comandante le disparó pero la bala pareció no afectarlo, a lo mucho solo le hizo dar un paso hacia atrás. –¿Así recibe a todos los que le ayudan a terminar con sus enemigos comandante? Eso es muy descortés –dijo el nuevo vampiro mientras el cadáver de Camudrio se disolvía en su mano hasta convertirse en polvo y quedar solo un traje con una capa negra. –Yo no seré descortés señor, me presento, mi nombre es Lerion y soy el comisario de esta ciudad. Verá; durante años, La bella airosa ha vivido en paz, no dejaré que su tranquilidad y la mía acaben por personas como usted o algunos seres despreciables como el recién vencido. El comandante lanzó dos disparos más pero de nada sirvieron, Lerion se acercó a él en un segundo y con su dedo índice le hizo una herida cerca de su corazón, perforando su pecho con un movimiento muy fino. En segundos brotó una gran cantidad de sangre. En ese momento se escuchó como iban llegando otras dos camionetas a una cuadra de distancia. –Así que ha traído refuerzos mi comandante –dijo mientras se sentaba en el suelo y sostenía el cuerpo desvanecido del jefe mientras este lo miraba con odio. –Mis hombres te destruirán –fueron sus últimas palabras. Ambos escuchaban como los sicarios se acercaban. –No tiene idea como disfruto la sangre de los maleantes como usted, a lo largo de mi existencia he probado la de mafiosos chinos, gangsters, asesinos rusos y terroristas del oriente. Pero a decir verdad, el torrente sanguíneo de narcotraficante mexicano tiene un sabor muy exquisito; provecho mi comandante. Cuando los sicarios entraron al edificio encontraron el cadáver de su líder colgado del techo, lo bajaron entre todos sin darse cuenta de que Lerion los esperaba en el fondo del cuarto, entre la oscuridad para acabarlos uno por uno. Se frotó las manos disponiéndose a disfrutar de un banquete familiar.

viernes, 29 de agosto de 2014

Misantropía vampírica.

Misantropía Vampírica. León Cuevas.
A eso de la una y cuarto de la madrugada, Lerion se hallaba sentado en la terraza de un bar en la colonia de Zona Plateada sin prestar mucha atención a los impertinentes borrachos que armaban alboroto a dos mesas de distancia. Ya incuso el dueño del bar había salido a explicarles que la cuenta estaba bien y no les estaban cobrando nada de más. Pero tratándose de niños juniors, era sinónimo de que no iban a estar dispuestos a cender, a fin de cuentas unos mirreyes hijos de papi siempre van a buscar tener la razón. Todos en el bar veían la escenita menos el, aquel particular individuo pálido que vestía con atuendo Hipster. Lerion era un vampiro que en verdad odiaba a los otros vampiros, como si fuese un ermitaño de su propia especie. Por siglos había repudiado la convivencia con los suyos, ese fue uno de los motivos para que dejara de vivir escondido entre las estaciones del metro de la Ciudad de México a partir de que comenzó a ser una perfecta unidad habitacional para los no muertos, y el tener encuentros cada vez más frecuentes con esos repulsivos similares lo obligó a mudarse. Después de buscar un lugar para vivir se encontró con la pequeña, tranquila y poco llamativa ciudad de Pachuca, el aposento ideal para un antisocial. Con el tiempo aprendió a mezclarse perfectamente con los habitantes del sitio y pasar desapercibido por las calles. Así parte de su nueva vida fue cambiar su atuendo conforme a la época ya que después de casi cincuenta años de vivir en los túneles subterráneos del Distrito Federal iba a llamar la atención con su vestimenta tipo Beatnik de Avándaro, en una ciudad chica y simple no se veía muy seguido a un apuesto joven pálido de pelo largo y patillas gruesas con boina, cualquier hombre vestido de esa manera se tendría que ver como un viejo quedado y atrapado en otros tiempos. El vestir así tan sesentero por tantos años no significaba que no estuviera al tanto de los cambios de modas en la superficie mientras permaneció en el subsuelo, seguido las víctimas que cazaba eran su catálogo del mundo exterior, algunas solían ser personas que viajaban en los últimos horarios del metro y de vez en cuando algún vándalo, grafitero, asaltante o mafioso que se escondiera en la oscuridad de las vías. Así su menú variaba entre punks, chicos heavies, góticos y cholos. Sin embargo su estancia en la pequeña ciudad airosa lo hizo buscar una apariencia más acorde. También su estrategia de cacería y sus víctimas cambiaron, solía con frecuencia fingir que hacía amigos o que ligaba en centros de recreación nocturna para poderse ganar la confianza de sus presas y ya estando fuera de la vista de otros pudiera acabar con ellos. Para evitar ser encontrado, su táctica era nunca rondar por el mismo bar, algunas noches su escenario era un putero de mala muerte y en otras ocasiones un antro para niños ricos. El chiste era no ser localizado tan fácil y no tanto por ser encarcelado, ya que la policía y cualquier fuerza armada le hace los mandados a un vampiro que les lleva ventaja de experiencia por siglos. Si no que lo que quería evitar era emigrar a otra ciudad. Lerion aprovechaba la perfecta oportunidad de que estaba viviendo en instantes de muchos secuestros y cobranzas entre narcotraficantes, eso le permitía disfrazar sus movimientos para que sus víctimas fueran sospecha de los mafiosos y no de lo paranormal. De unos días para acá le comenzaba a preocupar algo, aunque más que preocupación era molestia. Estaban saliendo cada vez más noticias de muertos encontrados al amanecer en lugares recónditos de Pachuca. Indicaba que no estaba solo en la ciudad, rayos era demasiado bueno para ser verdad que pudiera tener una zona urbana para él solo. Detestar a los de su propia especie va más allá del egoísmo, él estaba consciente de eso y no le importaba, simplemente quería estar tranquilo sin necesidad de pelear contra otros caras pálidas por el territorio. Después de que terminó la disputa de los escuincles mirreyes en el bar, uno de los meseros amablemente se le acercó. -¿Desea otra copa señor? -Sí otro Martini por favor, cóbreme los otros dos y este –respondió sacando de su cartera un billete grande. Momento aquí surgen dos preguntas; ¿De dónde sacaría dinero un vampiro? Y ¿Qué no a los vampiros les puede hacer daño el alcohol? La respuestas son simples, el dinero lo sacaba de las carteras de sus presas, así era más fácil relacionar el asesinato con un asalto o una cobranza, y al atacar pensaba en todo, solía incluso extraer la sangre del cuerpo mediante otras formas que no fuera la típica mordida en la yugular, con un poco de estudio de medicina y anatomía todos podemos saber que existen más venas en el cuerpo y que pueden extraer la misma cantidad de sangre, ese tipo de hechos a veces hacían ver como resultado un cadáver que aparentaba haber muerto por asalto, con cortadas tan bien calculadas que parecían navajazos. Eso en verdad era saberse esconder. La otra respuesta era que a cualquier ser humano y no humano les hace daño el alcohol, si el hombre come y después se envenena con bebidas alcohólicas, ¿por qué el vampiro no podría hacer lo mismo.? Volviendo a la historia, Lerion estaba gozando tranquilo de su tercer Martini cuando sintió una presencia muy cerca que le arrebató de golpe la tranquilidad. Dejó la copa a un lado y discretamente salió del lugar. Una vez fuera donde estaba la fila para entrar y los cadeneros, sacó un cigarro para disimular y se puso a detectar en qué dirección se aproximaba la presencia que había sentido. Una vez localizada se alejó de la zona de aglomeración y caminó hacia donde muy pocas luces de poste iluminaban el asfalto. Apenas pudo esconderse entre las sombras cuando escuchó una voz tras él. -Vaya Lerion ¿Hace cuantos siglos que no teníamos el gusto de encontrarnos? –Dijo la voz. -Para mí mala fortuna no más de unos cinco –Contestó con un tono parecido al de un señor amargado. Su aliento tenía un dulce aroma a alcohol mientras que el de quien le hablaba era más una esencia de hierro, el mal aliento de los vampiros que acaban de comer. Lerion volteó y encontró una silueta cubierta con una túnica negra que asomaba un rostro blanco con una opaca cabellera larga, un par de ojos completamente negros y unos colmillos rojizos por sangre fresca. Avanzó un paso y la escasa luz de un lejano faro hizo ver más su mirada. No había gente alrededor más que un par de juniors en estado de ebriedad que iban a subir a un VMW pero uno de ellos estaba a punto de vomitar. -Mírate Lerion, mimetizándote en la sociedad; cabello corto, pantalones entubados, camisa de cuadros, saco de moda y unos ridículos lentes de pasta. Patético, en verdad es patético tu atuendo y tu nueva forma de vivir. -Eso no es de tu incumbencia Aurguz, vayamos al grano ¿Qué diablos estás haciendo en mi ciudad? -¿Tu ciudad? –Contestó a punto de soltar una carcajada –Quiero que sepas que ni si quiera soy el único vampiro que se está hospedando en Pachuca, ya son varios los que están comenzando a establecerse aquí. -¿Por qué? -Por el mismo motivo que lo hiciste tú, es una ciudad tranquila y nueva para nosotros, brinda mucha sangre fresca sin tener que vivir entre tanto caos ni ruido. Podremos permanecer aquí sin molestos caza vampiros o demás situaciones incómodas. -Pero como demonios piensan prevalecer el orden con tantos vampiros mudándose a una ciudad muy pequeña, es un error fatal. Pero de esto me tendré que encargar yo –Dijo suspirando como alguien va a comenzar un trabajo que no tiene ganas de hacer. -¿Y quién eres tú para decidirlo? -Considérame el comisario de aquí. -Pues entonces comienza lo que tienes hacer niño caprichoso –contestó Aurguz poniéndose en posición de ataque cual fiera. Ambos vampiros se abalanzaron sacando colmillos y garras afiladas, un singular rugido brotaba de sus gargantas, fue un estruendo tan fuerte que llamó la atención de los borrachos, los cuales entraron pronto en pánico. Aurguz y Lerion soltándose brutales zarpazos y mordidas bajo la luna parecían un par de lobos alfa que luchaban a muerte, después de tantos movimientos finalmente se vio como Lerion pudo alcanzar a morder el cuello de su oponente arrancándole literalmente todo y dejándolo caer al suelo convulsionándose hasta desintegrarse por completo, en pocos minutos no era más que polvo blanco bajo una túnica negra que parecía ya un harapo. Lerion triunfante recogió esa túnica para no dejar evidencias, el polvo color hueso pronto se esparció con el aire. Miró al par de aterrorizados espectadores, uno de ellos hasta estaba mojado los pantalones, los ignoró por completo, a fin de cuentas la mayoría de la gente no les iba a creer, el noventa por ciento de las personas no hace caso a las crónicas de borrachos. Así que sin más que hacer ahí se desvaneció rápidamente entre las sombras sabiendo que esa noche iba a tener que exterminar al menos a otros dos o tres viejos conocidos. Ni modo le tocaba fumigar a las cucarachas de la zona, a alguien siempre le tiene que tocar el trabajo sucio.

lunes, 5 de abril de 2010

RDN Capitulo 6 Lonely



Ángel de alas eternas,¡oh! cadáver celestial caído ante mis pies

Ángel de alas eternas, poeta de los suburbios del mundo

Ángel dame tu luz y déjame sentir tu brillo por un instante, sólo por un segundo.

Ángel de alas eternas, sólo por un segundo, tu luz

Era una letra inspiradora para un coro de una canción, llegadora y profunda. En general la obra compuesta por Gael “Lonely”, era muy buena, llevaba un tono melódico hasta cierto punto depresivo, antes de comenzar con un ritmo pesado al más puro estilo del Power Metal. La letra completa también era bastante poética. En conjunto, una gran pieza musical, si no fuera porque cometió el error de dejarle al Gurú la introducción y èste le metió como tal, una melodía que parecía de Bob Esponja, eso me hacía recordar los primeros ensayos bizarros con el maldito disfraz de ese personaje que hablaba como gay reprimido.
-¿Sabes?, El gordito no es mal compositor, incluso es un genio en componer, pero ¿Por qué chingados tuvo que meterle esa melodía a mi canción? Y yo de pendejo dándole la oportunidad – Decía el mismo Gael cuando veníamos platicando en el camión hacia la casa de Orgas, pasando por aquel trecho pantanoso, donde lejos se alcanzaba a visualizar un criadero de cocodrilos. –Ahora voy a sentir que me debo poner una falda hawaiana para tocar la pieza, y yo profundizándome en la melancolía de un ángel desterrado de su divinidad, pero a veces uno como músico debe vivir este tipo de cosas, tampoco me mortificaré.
-¿Y porque no le dices que quite esa introducción tan Hawaiana? –Pregunté
-Pues debatir con el gordito es desgastante, además me estuvo jodiendo dos meses para ponerla. Lo malo de un genio es que siempre quiere ser muy protagónico: A donde pongas tu plato de sopa siempre querrá meter la cuchara. Además, esa rara afición a Bob Esponja es un poco preocupante, ya hasta la trae inconcientemente –Dejó un lapso en silencio y dijo –no quería ser tan específico pero para mí que el gordito es puto. –Nos reímos él, yo y una tercera persona que se integraba a la plática: Su novia Jennifer. Me acababa de presentar a su famoso amor apache, cuando me hablaba de ella me la imaginaba grandota, ruda, llena de collares y brazaletes de picos, incluso la imaginaba rapada de un lado con un tatuaje de calavera en esa parte de la cabeza y sosteniendo un sartén listo para darle en la madre a Gael cada vez que no estuviera conforme con algo que éste dijera, pero era todo lo contrario, una niña linda con rostro de inocente, una voz suave y unos ojitos rasgados estilo oriental. Jamás me imaginaría de ella venir un golpe, una patada o un sartenazo. Ese día iba vestida con un suéter de rayas rosas con blanco, unos jeans y su cabello suelto, negro, muy largo. Nada que ver con la imagen rockera de Gael.
El camión hizo la parada en la esquina hacia la casa de Orgas, así que bajamos los tres, Gael cargaba su guitarra y ayudaba a bajar a Jennifer, era todo un caballero con ella (a pesar de aguantarse ya tres años). Eso era otra cosa que me hacía increíble imaginar, pleitos severos con fuerza bruta.
Donde bajamos ya comenzaba la civilización y lo pantanoso quedaba atrás. En la esquina de la calle hacia la casa del ensayo estaba la tienda donde Gael sin falta compraba su jugo, esa imagen contrastante de rockero matón con su juguito de mango era material para seguirme riendo por meses.
Entramos a la casa y El Gurú ya estaba ahí esperándonos, pero no éramos a los únicos que él esperaba. –Pinche Orgas, es su casa, es su ensayo y no ha llegado- Dijo con sus brazos cruzados. De repente, de el cuarto salieron Daniel y Liz cargando a Wendy (la perrita de la familia, que parecía màs una alfombrita sucia sin ojos.)
-No se preocupen, Orgas llega en cualquier instante, si no es que se encuentra con una piedra que fumar en su camino –Dijo Daniel con esa voz gruesa y despreocupada, así que lo esperamos por media hora o tal vez un poco más en la sala mientras hablábamos y echábamos relajo los seis. Esa vez, hasta el Gurú se relajó y empezó a reírse con nosotros. En algunos momentos pude hablar un poco màs con Jennifer, me empezaba a caer bien porque al parecer era tan aficionada a los cómics como yo y podría por fin desahogar mis temas de gente rara con alguien sin que intervenga un ritmo de guitarra eléctrica o bajo de por medio en el tema. Después de un rato, llegó Orgas por fin, despreocupado y valemadrista, acompañado de una chica con rastas de color azùl. Se le veían bastante bien y bastante llamativas, ambos tenían una cara de pachecos que los describía como la pareja del año.
Ese día el ensayo estuvo bien, El Gurú no me corrigió nada, además, de alguna manera me sentía bastante bien con mi nuevo teclado que ni era mío y con el anterior, tener dos teclados me gustaba bastante. “Lonely” la ensayamos varias veces, incluyendo el intro de Bob Esponja y otras veces la anterior canción “The God dressed in green”, así que estábamos listos para la siguiente. El Gurú tenía en mente una que nos enseñó en el estereo que venía también hecha en pistas de computadora grabada en disco y sonaba bastante bien. “With me” se titulaba. En ella si que metía todas sus chaquetas mentales de Power, Mariachi y toques prehispánicos mezclados con rock progresivo. Era una canción larga, mucho más larga que las anteriores, pero me agradaba mucho cómo sonaba. Sin embargo, el gordo sugirió que antes de esa entrenáramos con algún cover o dos. Las propuestas eran precisamente dos. “Van Glory Opera” de el grupo “Edguy• (un grupo singularmente chistoso) y la otra era “M3” del grupo “Labyrinth”. Incluso esa ya llevaban una parte ensayada antes de que yo llegara, justamente esperaban la integración de un tecladista para completarla.
Pero en fin, después de la seriedad de hablar de la charla del grupo, comenzó de nuevo el relajo, pero esta vez me sentía un poco raro. Todos en parejita destellando corazones y rosas. Daniel y Liz, Orgas con su rastuda que ni nos presentó, y Gael con Jennifer, El Gurú no contaba, yo sentía que era asexual o tenía algún fetiche extraño relacionado con las esponjas o algo así. Pero yo como siempre terminaba siendo la ficha sobrante, el mal tercio, mal cuarteto, quinteto, etcétera. Digamos que el único pendejo que no agarró pareja en la primavera pasada. En fin, el relajo se interrumpió con algo inesperado. Daniel trataba ya de decir una cosa que le costaba trabajo pero aún así la soltó fluida y sin tartamudeos. –Compañeros, dejo Daggra.- Todos nos quedamos callados, no lo esperábamos, ni sabíamos el motivo por el cual se salía. Vi por segundos la cara de todos, ni si quiera el mismo Orgas se imaginaba que su mas alegado amigo casi un hermano trajera esa noticia. Obviamente Liz era la única que conocía el motivo. Pero el que se saliera repentina mente implicaba muchas cosas, búsqueda de baterista urgente mente, y tal vez retrasos en el progreso que ya llevábamos. Solo alcancé a ver entre las caras, la del Gurú que decía claramente “puta madre”. Nos quedamos rato escuchando sus motivos y en eso se fue con nuestro entusiasmo la luz del sol. Eran ya las ocho de la noche en lo que menos nos habíamos dado cuenta. Eso quería decir que ya no había camiones ni transporte y que por primera vez tendría que atravesar el pantano y además a oscuras, eso no me fue una idea muy agradable.
Salíamos de la parte aún pavimentada, la chica de Orgas se quedaría a dormir, Daniel también, así que éramos Gael, Jennifer, el gordito y yo ante el fangoso lugar. Solos armados con una tarola y una guitarra, expuestos a ser asaltados. –Bueno deben atravesar el sitio para llegar la siguiente colonia, haber si pasa algún taxi –decía Orgas –Si les sirve de algo, a esta hora suelen soltar a los cocodrilos, para que tengan cuidado. –Chingá, no fue algo que animara mucho ese comentario. Además de poder ser asaltados, violados, torturados por algún criminal suelto por ahí, ahora tambièn debíamos estar al tanto de los malditos cocodrilos. En cuanto a asaltantes, Gael podría darles una madriza pero enfrentarse a una bestia prehistórica ni Gael ni El Gurú podrían ante sus fauces.
En fin, el camino fue pesado, y más porque El Gurú no dejaba de maldecir a Daniel por habernos dejado. Todo indicaba que si no había un baterista para el siguiente ensayo tendría que pasarse él a la batería y no habría vocalista por un tiempo (por un lado muy bueno, así no tendríamos que escuchar su desafinada voz). La vereda se tornaba cada vez más oscura, si, realmente de miedo, solo la luz de la luna, y el canto de ranas y demás alimañas. Lo hermoso era ver las estrellas en un azul profundo y despejado. Estábamos llegando casi al final de la carretera, ya todo se veía menos cenagoso, además de un poco más de urbanidad, además a lo lejos se veían ya faros de luz eléctrica. Gael llevaba a Jennifer de la mano y El Gurú iba delante de ellos. Yo estaba retrasándome un poquito, estaba a paso lento, tenía varias cosas que pensar a pesar de que estaba alerta. Recordaba que era jueves y al siguiente lunes yo ya entraba a la escuela, en si, todos los integrantes ya entrábamos de nuevo a nuestras vidas cotidianas. Y eso también señalaba menos ensayos, al parecer, el acuerdo era rejuntarnos solo miércoles y fines de semana enteros. De repente estaba pensando en que mi vida se estaba dirigiendo a un estrecho de aislamiento. Fines de semana entregado al teclado y a Daggra, me dejaban solo los viernes como oportunidad para la vida social. No tenía aùn de què preocuparme, no tenía novia ni estaba casado, no tendría como dicen “un látigo que me moviera” ni una mujer que me pegara con el sartén. Solo el disgusto de mis padres y sus constantes llamadas de atención, que sin embargo las evitaría con mi empeño en la escuela. Así que semana entregada a las artes visuales y el estudio, y fines de semana a la música. Así que volvía al conflicto de nuevo queme tenìa dando vueltas sin razón ¿Dónde quedaba mi vida social? ¿Con el tiempo limitado tendría menos oportunidad de conocer chicas? Sólo me imaginaba que cuando nos presentáramos tendríamos fans y tal vez entre ellas encontraría una pareja perfecta que sabría que tendría el tiempo ocupado. Demonios divagaba demasiado, sin embargo mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando escuché como Gael le hacía burla al Gurú, creo que estaba diciéndole referencias a que era bueno que caminara porque así bajaría la panza. Y el gordito se defendía molesto diciendo que el siempre viene de su casa caminando a la casa de Orgas y que este estrecho fangoso se lo sabía ya de memoria. Pero lo gracioso eran las risas de Gael y Jennifer y la sarta de tonterías que decía Gael. Estábamos ya bajo el faro, por fin podíamos caminar sin adivinar si lo que pisábamos era una roca, cemento, lodo o una caca de venado. Estaba un puente que comunicaba ya con la otra colonia y en pocas palabras con la paz y la humanidad. Era muy tenso pensar en lo que podría salir al asecho, entre penumbras y hierbas. Me fui aproximando hacia la orilla de la carretera justo subiendo el puente estaba muy entretenido oyendo como Gael no bajaba de botana al gordito cuando de repente tropecé di un azotón al suelo y rodé hacia la orilla del puente dirigiéndome hacia un barranco fangoso que desembocaba al agua verde. El madrazo se oyó fuerte y claro, rodé hasta donde pude detenerme y apenas agarrar mis cosas y justo debajo de mí salía del agua un hocico largo con dientes agudos en cuestión de segundos. Si hubiera caído un poco mas estaría siendo masticado brutalmente por aquel cocodrilo que me miraba con un hambre voraz y que se aproximaba en lo que recuperaba la conciencia y podría escalar hacia arriba. Gael en instantes bajó corriendo a agarrarme y El Gurú le aventó una rama al hocico al horrendo reptil para que se hiciera hacia atrás. Gael me jaló de la ropa hasta llevarme de nuevo al puente, en ese lapso sòlo escuchaba còmo palpitaba mi corazón tan fuerte que podría haberme estallado, seguramente estaba más pálido que la luna, tenía la mirada ida. Un segundo pudo haber sido la diferencia entre seguir siendo tecladista o comida para lagarto.

miércoles, 24 de febrero de 2010

RDN Capitulo 5: Navidad con la Pájara Peggy





Todos los días de julio eran iguales, un bizarro ensayo en la mañana en casa del Gurú y en la tarde el ensayo en la casa del Orgas, ya no sabía ni cómo rayos soportaba aguantar al gordito y sus regaños todo el maldito día, no sabía que entregarme al nuevo universo de la música tenía que implicar aguantar regaños, gritos y presiones, sin embargo, a pesar de todo, entre los cinco integrantes ya comenzaba a haber una buena sinergia, digamos que lo que valía la pena de esos días llenos de regaños, viajes largos a esos terrenos pantanosos y mucho agotamiento, era el relajo y los buenos momentos. Me llevaba bien con todos, sobre todo con Gael. A Orgas lo hacía reír mucho y el también a mí con todo lo que hacía extraordinariamente que, para él era normal.
Todo el día era música, había descuidado el dibujo, la pintura y mis aficiones en las artes visuales, y pronto iba a regresar a la escuela. Al parecer eso les disgustaba bastante a mis padres. Sobre todo a mi papá, quien consideraba que todo el día solo estaba de vago. No entendía el gran esfuerzo que yo hacía por superarme para lograr aprender a tocar un instrumento. No había empezado como muchos con un maestro, yo tuve que hacer las cosas por la mala, a punta de madrazos. Creo que esa canción: “The god dressed in green” me la sabía ya de memoria, me tenía harto, pero llegó una nueva propuesta que Gael había compuesto: “Lonely” ,que al parecer estaba igual de elaborada que la que ensayábamos. Él había hecho la letra y había planeado las notas y con ell Gurú la habían pasado a pistas en computadora, así que los dos ya se la sabían casi de memoria y sabían las reglas de cada nota. Entre las cosas que estaban se necesitaba otro teclado y de preferencia mucho más elaborado que el básico con el que había estado tocando.
-¿Quien podría tener un teclado que nos pudiera prestar? –Preguntaba Gael
-No es solo para esta canción, tendríamos que conseguir que alguien nos lo prestara por un tiempo definitivo, que nos lo vendiera, o bien buscar un precio económico en uno. –Contestó el Gurú
-Podríamos robarlo –Dijo Orgas despreocupadamente.
-¿Sabes qué León?, tú tienes la misión de buscar precios por internet o en catálogos de tiendas de música, tu eres el tecladista y debes estar preocupado por esta situación, a menos que quieras tocar siempre en ese tecladito de niño de primaria. –Me dijo el Gurú y fue algo que me tomé muy enserio.
Esa noche busqué catálogos por internet sobre teclados, estaba maravillado de los modelos que veía y al mismo tiempo tan triste por los precios tan altos. Algunos eran teclados y otros eran sintetizadores, pero los precios eran como rascacielos y dudaba que mis padres quisieran apoyarme económicamente. Al otro día no hubo entrenamiento, así que de cierta manera sentí descanso. En la tarde en el ensayo les di los resultados de los precios y así como yo, todos quedaron frustrados. Tal vez Orgas me oía, pero no me prestaba atención.
-Parece que tendremos que hacer lo que Orgas propuso, robar un teclado, ya que ni nuestros bolsillos juntos nos rinden para comprar uno. –Dijo El Gurú –Pero ¿Quien podría tener uno?
-¿Que tal el Mantra?, tiene uno que no utiliza. –Intervino Gael
-Tienes razón, el Mantra no usa su teclado, se ha dedicado nada más a su vida de casado –Contestó el Gurú.
-Y aún así, no ha dejado la chaqueta a un lado, me contó hace poco –Dijo Gael entre risas. –l Mantra siempre fue distinguido por jalarle el cuello al ganso más que todos. Lo han apodado “Don Pajero”, “Punta activa” y “Escopeta”.
-Es todo un caso con eso –Intervino Orgas –Un día que la policía me trepó a su camioneta por andarme orinando en la calle, al subir tenían a un vagabundo y al Mantra, y los habían arrestado por andar haciendo competencias de chaquetas en vía pública. Pero bueno regresando al punto ¿Cómo le vamos a hacer para robarle su teclado?
-Es decir que, de plano ¿Lo vamos a robar? ¿ni si quiera se lo pediremos prestado? –Pregunté desconcertado al escuchar que Orgas ya había tomado el robo como un hecho.
-Lo que pasa es que el Mantra no suele prestar sus cosas, nunca, aunque no las use, es un marro –Intervino el Gurú. Era más que evidente que ese famoso Mantra era un amigo o conocido que tenían los tres en común. Yo aún no lo conocía y ya me daba risa. –Debemos conseguir un carro para escaparnos en chinga, porque no vive en Pachuca, si no en un pueblo vecino “Acayuca” y también necesitamos una carnada.
-Mi papá puede prestarnos su carro -dijo Daniel con su voz ronca y muy seria.
-Muy bien ahora necesitamos una carnada, propongo que el más reciente en entrar al grupo lo sea –Dijo el Gurú y todos voltearon a verme con cara de gozo.
-¡Oigan que les pasa!, ¿qué se creen?, ¿qué voy a hacer yo para entretenerlo, ¿acaso vestirme de pollito y cantar villancicos?
…..

-¡No puedo creer que esté en esta situación!- Decía en el asiento trasero del auto del padre de Daniel mientras estaba vestido con un traje de “La pájara Peggy” aguantando el calor por tan semejante disfraz. Daniel iba manejando y en el asiento delantero del copiloto iba Orgas. Atrás conmigo iban Gael y el Gurú. Ya salíamos de Pachuca y nos dirigíamos a Acayuca.
Llegamos en veinte minutos a la dichosa casa, tenía una reja blanca, un pequeño jardín y se notaba que solo era de un piso, aún no olía a hogar con bebés, solo a una residencia descuidada de una pareja joven desordenada. El plan era que por la parte de atrás entrarían Gael, el Gurú y Orgas cuando yo tocara el timbre y salieran a verme hacer el ridículo de mi vida, Daniel nos estaría esperando una cuadra más adelante. Constaba todo de solo quince minutos bien calculados, desde el toque del timbre hasta la huida en el carro. Así que debíamos ser eficaces. Toqué y la pareja salió, su rostro era una mezcla de desconcierto y ternura hacia mi espeluznante figura amarilla. Abrieron la reja y, desde mi ubicación vi cómo mis tres colegas se introducían por una ventana trasera y noté que al otro extremo había un gran perro que justamente acababa de despertar cuando entraron y ya estaba empezando a dar sus primeros gruñidos, pero inexplicablemente llevaba un bozal y estaba también amarrado. Yo comencé lo que debía, no tenía que distraerme, así que hice un paso chistoso cantando –Era Rodolfo el reno, que tenía la nariz, roja como una grana y un brillo singular...- Mis bailes y movimientos extremadamente bizarros ya captaban suficiente su atención sin tener que voltear atrás a ver porqué el perro se escandalizaba, los dos creerían que mi llegada era el motivo.
-¿Por qué habrá aparecido este extraño pajarito a nuestra puerta amor? –Decía la mujer
-No lo sé cariño, tal vez sea uno de esos testigos de Jehová o un vendedor –Contestó su novio, un hippie de pelo hasta los hombros despeinados y barba desalineada con una cara de pajero que no se la aguantaba, quien yo supuse era el famoso Mantra. Ambos olían como si acabaran de fumar marihuana. Yo solo seguía con mis versos navideños. Todo iba sobre la marcha, alcancé a ver como el Gurú agarraba el teclado y señalaba en forma de burla al pobre animal amarrado. Gael ya estaba sacando el instrumento, todo iba genial hasta que Orgas corrió hipnotizado al refrigerador y comenzó a sacar la comida, y en eso se estrelló contra algo y se oyó un objeto de cristal rompiéndose. En eso la pareja de hippies volteó y todo se estropeó, solo me llevé la mano a la cabeza en señal de “puta madre”.
-Así que esto solo era una distracción para saquear mi casa, malditos ladrones hijos del coño –Dijo el Mantra reaccionando a tal suceso. El Gurú y Gael salieron disparados con el teclado y tras ellos Orgas con cuatro salchichas en la boca y varias cosas en los brazos, entre latas, jamón y quesos. Por unos segundos pensé que el par de Hippies no vivían tan mal con toda esa comida que la mitad se la iba devorando el bestia de Orgas.
Comencé a correr como pude detrás de ellos con ese maldito traje que no me hacía nada hábil, además de que me asaba literalmente. Fue cuestión de segundos para que el gran Doverman del Mantra fuera soltado sin el bozal y llevaba una expresión de querer asesinarnos y lo peor es que en unas milésimas de instantes me atraparía y sería comida de perro salvaje. Gael se percató y le gritó a Orgas que agarrara el teclado, así que Orgas soltó la comida de los brazos sin soltar las salchichas de su boca y agarró el teclado con el Gurú. Gael en dos segundos llegó y me llevó cargando a todo lo que pudo. Yo, con todo el cuerpo apretado por su fuerza de karateka y saltando todo mi ser, alcancé a ver como Daniel metía reversa donde nos esperaba y se subían los dos con el teclado como podían al auto, vi como se abría la puerta derecha delantera donde Gael me arrojó y posteriormente se trepó atrás con medio cuerpo afuera. De re ojo vi cómo logró esquivar al feroz animal que estuvo a punto de agarrarle una pierna. La puerta delantera donde iba seguía abierta, pero necesitaba primero acomodarme bien en el asiento para poder cerrarla ya que Gael me había arrojado como pudo adentro, y no fue sino hasta dos cuadras después que lo pude hacer. Creíamos que nos habíamos librado, hasta gritamos de felicidad, cuando de repente salió el Mantra tras nosotros en una moto a toda velocidad. Fue cuando nuestra expresión cambió de triunfo a alerta, y Daniel aceleró a todo lo que pudo. A dos kilómetros lo pudimos perder definitivamente y ahora sí celebramos victoria, ya teníamos teclado nuevo. Orgas celebraba devorando sus salchichas y un queso que se había alcanzado a meter al pantalón durante la gran huida.